Se detuvo la maquina. Como el vaho y la niebla
del otoño, sobre ella revolotea el polvo
y se asienta en las nucas de los hombres
que comen inclinados. En sus hombros se enfrían
camisas sudorosas y sucias. Todos tragan.
Pan y pepinos son hoy el almuerzo
que devoran sin perder una pizca,
dando un mordisco tras el otro.
Ya el tiempo nada les importa.
Casi un mordisco choca con el otro
pero mastican bien cada bocado.
Aun sanos los pulmones campesinos,
respiran y mastican polvo y olor a heno,
y sólo comen, comen, no hablan: comen.
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