Asústame, Dios mío,
necesito tu ira.
Resurge en la corriente,
que no te arrastre el curso de la nada.
Yo, a quien derriba a coces un caballo
hasta que apenas soy visible en el polvo,
juego con los cuchillos de tan grandes sufrimientos
que el corazón del hombre no puede soportarlos.
Soy ardiente como el sol
y tanto fuego como él he creado, ¡tómalo!
!Grítame que no puedo hacer eso!
!Golpea mi mano con tu relámpago!
Y que tu venganza o tu gracia
golpeen en mí: ¡la inocencia es un pecado
pues esta ignorancia mía
me quema más que el infierno!
Si estoy solo en el lecho, doy vueltas como un bocado
de los mares tempestuosos de espumeante saliva.
Ya tengo coraje para todo
pero nada tiene sentido.
Si tú no me apaleas
aguantaré mi aliento para matarme
y así me enfrentaré
al rostro humano de tu inexistencia.
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