Nos interrogaron hasta hacernos sangrar.
Camarada que todavía paseas como la luz,
piensa en nosotros que giramos en círculo
y a través de unos hierros miramos la distancia.
Nuestros músculos se aflojan, duros son nuestros catres,
nuestras bocas escupen la comida,
nos condenaron a podrirnos,
y si no nos destruimos nos destruyen.
Luchamos todavía con nuestros cuerpos rotos.
Hermano, ayuda a los atrapados.
En la casa la hornilla está quebrada y fría.
En una olla helada se prepara la cena:
una hojita de col, desperdicios
recogidos en las piedras húmedas del mercado.
La mujer, entre náuseas, reprende al nino
y la vecina grita por los pasillos
que nunca le devolveremos
ni un dedal del aceite de su lámpara.
Vendrá el invierno y brillarán la nieve y la hambruna.
Hermano, ayuda a los atrapados.
Pensad en el hediondo orinal
que con su niebla nos lanza una nueva peste.
Enviadnos jabón y carne de caballo y, en invierno,
dadnos ropas para nuestros cuerpos consumidos.
Enviadnos libros aunque sean muy tontos
pues la noche, blanda como una rata, nos enloquece
y sin mujeres nos roe la pasión.
Si eres obrero y libre, alivia nuestras penas,
camarada, tú que eres del Socorro Rojo.
Hermano, ayuda a los atrapados.
Luchábamos fielmente por la revolución,
no podemos morir, hay que seguir viviendo,
nos esperan murmurando libelos y soplones
y todos los burgueses con sus sueldos de hambre;
nos espera el Movimiento, el trabajo, la familia,
hasta que se derrumbe la explotación,
brillará la hoz y golpeará el martillo
y caerán los cerrojos de la cárcel y la fábrica.
¡Viva el Soviet, los Consejos Obreros!
Hermano, ayuda a los atrapados.
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