Tomó en sus manos el tazón
un domingo al atardecer,
sonrió en silencio
y se sentó un rato en la penumbra.
En una olla pequena trajo a casa
la ración que le dieron los senores,
y al acostarnos yo pensé
que ellos se comen la cazuela entera.
Mi madre era menuda, murió pronto
porque las lavanderas mueren pronto;
la carga hace temblar sus piernas
y la cabeza les duele de planchar.
¡Qué paisaje el montón de ropa sucia!
y el vapor como un juego de nubes sosegante.
Y para la lavandera
cambiar de aire era irse al desván.
La veo, se detiene con la plancha.
El capital desvencijó su frágil estatura
cada vez más delgada.
¡Pensad en ello, proletarios!
De tanto lavar su espalda se encorvó.
Yo no sabía que mi madre era tan joven.
En su sueno llevaba un limpio delantal,
y el cartero entonces la saludaba.
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