–Dime, buen hombre, dime: ¿cuánto por esta cuna?
–Mi niño es muy pequeno, necesito la cuna.
–Yo soy rey y los reyes tenemos mucha fuerza.
Tú me entregas la cuna o la tomo a la fuerza.
Si el infeliz, ¡caray!, no consiente al instante,
sus soldados el rey hará enviar al instante.
Pero el hombre sumerge la cunita en el lago
y luego hasta a su nino también echa en el lago.
El pobre llora, ríe, el pobre está en la cárcel,
el infeliz labriego llora y ríe en la cárcel.
Entre los malos hombres nunca estará su nino.
¡En el lago, ¡caray!, mejor está su niño!
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