Yo siento que mis ojos saltan adentro, afuera.
Si voy a enloquecer no me hagáis ningún daño.
Aguantadme, aguantadme con toda vuestra fuerza.
Si es que todo mi ser ha de bizquear mañana
no me mostréis el puño, pues ya no podré verlo.
No me arrastréis de aquí donde estoy: en la nada.
Pensad que nadie, nada, me queda en este mundo,
y aquello que llamé mi yo tampoco existe.
Sus últimas migajas ahora mastico, mudo,
mientras este poema casi está concluído.
Igual que un reflector en el vacío, indagan
unos ojos en mí buscando algún delito
por el cual enmudecen aunque les interrogue,
por el cual no me ama la que es mía en derecho.
No creáis en mis crímenes irracionales, hombres,
que ya me absolverá el mantillo sin nombre.
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