Noche de invierno


¡Sé disciplinado!

El verano
ya se evaporó.
Sobre las anchas glebas carbonizadas
tiembla un punado de leve ceniza.
Paisaje silencioso.
Las ásperas ramas
de algún arbusto
raspan el fino cristal del aire.
¡Bella inhumanidad! Sólo un delgado trozo
plateado de trapo –alguna cinta–
cuelga, tieso, de una rama.
Tantas sonrisas y abrazos se enganchan
de las tupidas ramas del mundo.

A lo lejos, los viejos montes callosos,
como pesadas manos
sostienen con temblores repentinos
el fuego crepuscular,
el vapor de las granjas,
el silencio redondo del valle, el aliento del musgo.

El labrador regresa al hogar. Es pesado,
cada miembro suyo mira hacia la tierra.
Trota en su hombro la azada partida,
sangra su mango, sangra su hierro.
Como si regrasara de la existencia misma, con paso fatigado,
con sus miembros cada vez más pesados,
con sus herramientas cada vez más pesadas.

Ya la noche asciende como el humo de la chimenea,
con sus chisporroteantes estrellas.

Un lento repicar de campanas
trae ondulando la noche de hierro azul,
como si el corazón estuviese detenido
para siempre, como si alguna otra cosa,
tal vez el paisaje, no el tiempo abolido,
estuviese latiendo.
Como si la noche, el cielo, el metal del invierno
fueran la campana y la tierra su badajo,
la tierra forjada, la masa balanceándose.
Como si el corazón fuese el repique.

Vuela el recuerdo de una campanada. La mente lo escucha:
el invierno golpea el yunque para herrar
la desencajada puerta del cielo
a través de la cual, durante el verano,
se volcaron las frutas, el trigo, la paja y la luz.

La noche de invierno
irradia como el mismo pensamiento.

El mutismo de una plateada oscuridad
le pone al mundo el candado de la luna.

Un cuervo atraviesa el aire helado
y la calma se enfría. Esqueleto, ¿escuchas el silencio?
Chocan suavemente las moléculas.

¿En qué vidrieras relucen
semejantes noches de invierno?

La rama levanta su punal contra el hielo
y vuela suavemente
el negro suspiro de la tierra desierta:
una bandada de cornejas meciéndose en la niebla.

Noche de invierno. En ella,
como otra noche de invierno más pequena,
un tren de mercancías llega a la llanura.
En su humo, como en un punado de infinito,
vacilan, giran y se apagan
las estrellas.

En el techo helado de los vagones
corre la luz, furtiva, como un ratón:
la luz de la noche de invierno.

Por encima de las ciudades
aún exhala vapor el invierno.
Pero en el hielo azul corre hacia la ciudad,
sobre rieles brillantes,
la luz de la noche amarilla.

En la ciudad instala su taller
y forja el arma punzante de los tormentos
la luz de la noche rígida.

Al borde de la ciudad
cae, como paja mojada, la luz del farol.
Un poco más allá,
en la esquina, tirita crujiendo un abrigo,
un hombre está sentado,
se acurruca como la tierra, pero en vano:
el invierno le pisa los pies…

En la penumbra en que se agacha
un árbol de hojas oxidadas,
estoy midiendo la noche de invierno
como mide su finca
el propietario.


作者
尤若夫·阿蒂拉

译者
Jamís, Fayad

来源

http://www.elperroylarana.gob


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